Aromas


embarcadero de noche

Gladys iba todas las tardes al embarcadero a leer aprovechando el buen clima de aquella ciudad. Era una bella mujer en su cincuentena, la cual se había hecho un nombre en el difícil mundo de los perfumes para compañías. No era fácil encontrar la combinación de aceites esenciales y otros componentes muchas veces exóticos que ella coleccionaba en su laboratorio, y que le habían servido para diseñar y patentar olores que describían en un aroma la personalidad de una corporación. A veces ella, pensaba que en otro tiempo, la habrían quemado por bruja y cuando leyó el Martillo de las Brujas (Malleus maleficarum) quedó aterrada por la estupidez humana. Con su sutil olfato, elegía ese embarcadero porque la mezcla de mar, sal y madera era muy equilibrada y no le recordaba a nada que hubiera creado ella anteriormente.

Allí conoció a Ben, un pescador que solía transitar el muelle hasta su final y que se sentaba durante horas a ver si los peces querían un ticket para montar en su cazuela. Ben siempre llevaba un par de cervezas para él y desde que conocía a Gladys, también para ella. Llevaba su camisa algo desabrochada, con un intenso moreno que no hacía más que destacar sus ojos azules y su eterna sonrisa. Aquel hombre olía a felicidad, y ese era un olor que interesaba mucho a Gladys, pues nunca había sido capaz de reproducirlo en su totalidad.

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