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Los portadores de la antorcha

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Cuando Anna estaba haciendo la escultura de «los portadores de la antorcha», entró un estudiante en su estudio. El ruido era fuerte, la escultura es un arte ruidosa. Y Anna estaba centrada en su obra. El estudiante quedó perplejo admirando la perfección de las facciones y de la anatomía, el dinamismo. Él pensó en el sacrificio de la humanidad entera, llevando la antorcha, mano a mano, generación tras generación, en un camino que se ilumina con cada jinete, y de cuyo final o destino no sabemos nada. Miro al jinete, decidido, musculoso, pensó ese jinete representa a un estudiante como yo. Anna seguía con su trabajo, el estudiante paso de la estatua al físico de Anna. Se fijo en sus curvas, en sus gemelos tensos y sus largas piernas. Saco su block, y se puso a dibujarla creando la escultura.

Para cuando Anna quiso hacer un descanso, el estudiante tenía un boceto exquisito del momento. Anna, con un cigarrillo en la boca, le preguntó: – ¿por qué me has plasmado junto a los portadores de la antorcha?
Dijo el muchacho: – a su obra le falta el porqué del esfuerzo. Quería pintarla, para comprender los motivos de esos hombres.

Anna, se sonrojó, le pidio que le regalara el dibujo. A fin de cuenta, la había cogido con una postura y unas prendas que podían ser un guiño al erotismo. El estudiante, le dijo que se lo regalaba a cambio de un beso. Anna, que era una mujer casada, sonrió y aceptó. Le dio al chico algo que recordar para el resto de su adolescencia.

Muchos años después, el joven estudiante, terminó la carrera y todavía lleva flores a donde las autoridades, instalaron la estatua de Anna. Cuando le preguntan si es un homenaje a los portadores, el asiente y añade y a sus razones, y a sus razones.

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