Sobre la carne y el alma


El espíritu le da significado a su vida, y la posibilidad de su mas grande desarrollo. Pero la vida es esencia para el espíritu, ya que su verdad no es nada si no puede vivir.

Carl Jung

Un soplo, un hálito indestructible habitaba antes del verbo,  el universo primigenio.

El ánima alienígena, necesitada de traje espacial para pastorear la Tierra, creó la carne y su pulpa.

El alma se fragmentó para caber en su nuevo sayo, la tela era débil pero tersa, un Sancho Panza remendado.

Se hermanaron y surgimos, se nos ofreció la ofrenda de acompañar al alma en su travesía de cuido.

Las penas y sufrimiento de la carne, relegadas al servicio de la Tierra y del alma apátrida,clamaron sedición. El alma piadosa, se volvió a fragmentar y de nuevo se arropó con otra carne.

Las dos carnes, vieron que eran distintas y en mutua fascinación pastorearon por eras. Tuvieron sueños terrenales, dolencias, brechas fríos invernales que el alma no compartía.

La carne quería ser alma a su manera.

Y vivir conforme a lo que percibían sus sentidos.

Así la carne conspiró, creo la “gran obra” de búsqueda, para transmutar de escarpín de la psique, a dueño de la creación.

El hábito encerró a la presencia astral que quedó atorada en su guante,

las pieles fueron ciudades carcelarias esperando la mortalidad del traje.

El hermanamiento cesó y la carne instauró el primer gobierno, reglas que no obraban conforme al alma, para satisfacer aspiraciones.

El alma pastora sufrió por la Tierra, por miedo de la carne y sus intenciones, que nada entendían de obligaciones.

La tozudez de la carne y su temor a la muerte se valieron de enseñanzas del alma:

“el mal tenía que ser re-pastoreado”,

El estrago de las carnes fue en aumento.

La Tierra misma quedó secuestrada, la conciencia primitiva se afanaba por hablar a su carcelero, que siempre andaba ocupado.

El alma quiso siempre volver alma a la carne, materia pastora de su materia reina entre los zapatos,

pero sin necedad, servil a la creación.

La carne sedienta de su altius, fortius, citius olvidó las intenciones del alma, pero no el mal que alimentaba, para obligar al espíritu a volver una y otra vez.

Y tras su muerte, el alma volvía a su casa y de nuevo descendía envuelto en carne, atraído por el perjuicio y dolor en la Tierra, para triunfo de la carne.

La carne bulló hacia la “gran obra”, por multiplicación alejándose de su humilde origen, forjando legados de alma para sus primogénitos.

No debían seguir envejeciendo y  crearon la selección natural, en lo que todos brindaron acuerdo sin considerarse ninguno débil.

Fueron hechas nuevas eras, basadas en historias de la carne, forjaron mitos y leyendas, enaltecieron el orgullo de la piel que eran.

Hubo carne que sometió a carne, que falsificó, calumnió, codició invariablemente el aumento de sus dones, en busca de permanecer inalterable.

Hubo carnes aplaudidas, vitoreadas, carnes prevalecidas en piedra, para encumbrar las pequeñas conquistas de la “gran obra”.

Y ocurrió que la carne olvidó los estudios del alma, las voces, las razones de obrar mal y los pactos, y llamó a todo aquello: humanidad.

La paz universal no pudo existir, la carne no concibe por temor a perder las almas de pastoreo en descanso.

Así la paz universal es un jeroglífico que la carne lee mal adrede desde los primeros renglones, para obtener holgura sobre otras carnes.

Yo no tuve que pensar esto en mi niñez, mis padres, su muro y su paraguas me legaron una inocencia agradecida pero no explicada.

La paz que pelear, la decidieron mis antecesores, la carne que la habitaba, debía prevalecer.

La paz; la ofrecida tras el sometimiento y la aniquilación de otras carnes, no acerca a las almas, es puro espacio para la voz de una sola carne.

¿Disfruté de buenas paces?

Nunca, salvo las del amor de mi familia, de mis padres, las de las normas de casa, que nos obligaban a reír y querernos y a acoger a las visitas.

Las otras, eran paces florales, que las edades siegan y cosechan en aras de codicias, de más sangre, las almas no disfrutan su aroma.

Entre arduas conciliaciones, medra la carne, cuando los acuerdos se vuelven cinturones y se siegan los campos, se arruinan los parterres, se asolan los bancales.

Poco tiene que ver el alma en batallas.

Son razones de la carne.

En las discordias más largas, una carne persigue debilitar a la otra para precipitarla, la “gran obra” conspira, y rinde tributo a la carne ganadora.

Asqueado de política, me protagonicé con mi propia carne, brillaron los pensamientos íntimos y la mordaza al alma, pero mi simpleza tuvo cáncer.

La inocencia tenía pocos glóbulos blancos, se volvió amarilla como los pacientes terminales y a pesar de las diálisis de mis progenitores, acabó cubierta de barro.

Me ofrecí de plañidera, y la fingí como tila piadosa de los que necesitaban sentirla para no defraudarles.

La paz de los padres no era una, eran muchas y hermosas pompas de jabón, arduas de sostener.

Otros niños jugaban a desestabilizarlas, como cuando persiguen palomas, por cruel tanteo.

La maldad espontánea de un niño con risotada añadida, es una oda a la humanidad, a la carne olvidadiza y el contrato con la gran obra.

Mis paces llegaron siempre de los que me querían, o por hacer algo importante, llegaron por esfuerzo, de los enemigos, sólo por intereses comunes.

Las paces son sensibles a los vientos, y a menudo se bañan de sangre aunque lo ignores.

Tus paces a veces se pierden, te las roban si no actúas, si no estás en el mundo, cuando callas sin preguntarte.

Las paces, las hacen gobernantes las razones veladas y dispares, no usan redes sociales, democracias “intuicionales”.

A veces es bueno romper el silencio aunque sea con algo tonto, verás los brillos de los cuchillos, la danza plateada, a veces, más con la misma pregunta.

Ninguna carne se da por satisfecha sin sus paces, inquietas, siempre jóvenes, casi niñas, la abrasión es menos con unas buenas paces.

Las voces que piden paces más benevolentes, encenderían las almas,

serán difamadas, corrompidas, embalsamadas, no hay cambio de paces.

El dócil no criará paces longevas, morirá a manos de la otra carne, sus pompas se harán pronto surcos de jabón en el suelo, en el cementerio de las paces no resueltas.

¿Tendría compañera en la batalla?

Así apareciste, sería triste decir que sólo te soñé una noche de soledad y no pasaron mis ojos frente a los tuyos hiriéndolos con la radiación de tu yo.

Tu imagen me sacó del frente, mi inocencia te miraba desde el sepulcro.

Sería triste decir que no intenté hablar Primero a tu yo más superfluo para luego ahondar en la epidermis hasta tocar secretos.

Para compartir emociones que fermentaran,

y comértelas, y ebrios en la locura, postularnos ambos Lunas de nuestros oleajes.

Mi carne quiso absorber la tuya, y mi paz proteger las que me enseñaste, la carne continuista, aplaudió los bailes estivales.

Hubiera sido tonto escribir sobre ti, tonto e irracional, pelar esta piel de naranja y dejar que su aroma me arrastrase sin aferrarme.

Nos olvidamos de otras carnes, sacrificamos algunas paces, y creíamos en creer, en seguir hacia adelante.

Tú pensaste en enredarte en mí, había cosas en nuestras paces, en nuestras pompas distantes, que nos llamaban a entrelazarnos.

Sentí el mundo quieto, las paces que quedaron radiantes, las carnes beodas, absortas, nos dejaron ver enseñanzas de las almas, nos sentimos semidioses.

Los años pasaron algunos, fuimos Apolo y Daphne, cambiándonos flechas y bando, otros un acorde perfecto.

En la intimidad, los velos y las almas frente a frente, como dos océanos que se funden con distinta salinidad.

Aleteaban las barcas hacía el ocaso del otro, querían hablar a las nuevas auroras, de promesas de la carne.

Mis gaviotas rezumaban entre las nubes te intuyeron, supieron de tu nombre y partieron de mi tierra, surcando mis mares hacia la arena en los tuyos.

Las carnes se encontraron.

También leones ardientes con remos dorados cruzaron la laguna estigia hacia el otro, resonaron oboes, clavicordios, centellas que colapsaron los cielos de alabastro.

Aurigas con un mensaje se desembarcaron: Muere en mí que tengo hechizos para hungirte de un amor del que yo sólo tengo respuesta.

Era el mensaje de un alma a la otra, dos fragmentos de alma se reconocieron.

Libres de menosprecio para sentirse, nuestros  hálitos aparecieron sobre los ropajes, se zambullían en el otro en la noche dormida, en un carnaval de cuerpos.

Tus muslos, mis manos tu galaxia de aromas, el sonido de tus labios

En territorios sin frontera.

Sonreía, bromeabas

Deslizaba mis intenciones Batallas de luces y sombras entre mares y viento.

Veníamos ambos de paces recosidas, de cicatrices disimuladas con jaretas, tatuadas a veces las sonrisas,

¡qué ayudaban tanto a crear nuevas paces!

Sostenidos en nuestros abrazos los zarpazos se borraban, nos cincelamos la carne y toda la piel con nuestras miradas, descerrajamos fascinación efímera.

Las carnes se habían elegido para permanecer, las almas para acompañarse en sus encierros.

Nos hablaba la carne y fuimos dos girasoles que tuvieron claro su Sol, su Norte y los conciertos.

Tuvimos temporadas de viajes, todas las noches de la almohada al encuentro de tus pasos, de tu mano encallada en la mía, de los latidos de tus dedos en mis sueños.

La carne y su sueño quiso multiplicarse, perseguir la “gran obra”, fue aplaudida por paces ajenas y sus proyectos.

Quisimos ser padres, y no pudimos, grandes paces se estamparon en el mármol del suelo un verano en una sala de hospital.

Del Virgen del Rocío, a la incertidumbre peregrinamos, La Almudena, Las Angustias nos consolaron.

Las carnes, vieron tormenta, quedarnos juntos era aceptar nuestra ausencia en la “gran obra”.

¿Lo aceptarían las carnes? Las almas vieron a sus abrigos menguar dos tallas, entre sollozos.

Fueron tiempos de niebla, la carne conspiraba, su angustia crecía entre los dobleces de la piel asomando cuando creía que podía desequilibrar nuestra paz.

Agorera de mil historias, se disfrazaba de viejo ciego, de padre defraudado, de vetustos ardiles que nos laceraban.

Cambiaba la cantinela, transmutaba, se acercaba con arrullo, contribuyendo a pulsar decisiones en favor de la carne.

Me descubrí abyecto en mi propia carne, pinchando una y otra vez nuestras burbujas de jabón, hasta la extenuación de las pieles.

La carne a ser cirujano se ofreció, de las dos almas siamesas, el dolor nos consumía y el bisturí en la mesa replandeció.

Las paces de otros se oían en fanfarria.

Un día, tras una oración, un diminuto fragmento de turmalina cedió del tejado donde se mezclan almas sin traje, se resquebrajó y esquirlas de mineral cayeron.

Así el purgatorio perdió parte de una teja.

Andábamos buscando nuevas paces, sin mucho éxito, el bisturí en la alacena nos miraba, mientras observábamos el cielo en busca de cigüeñas.

Aldebaran, Sirio, Casiopea, la Osa mayor, en el telescopio de una noche de hemisferio norte de contaminación lumínica que calla el balcón al universo.

Algunos dirían que fue una estrella fugaz, que tras una primera fase de caída vertical, cayó de lado por el viento de poniente.

Se introdujo en mi cuerpo por la tercera vértebra, lo que me produjo insomnio y mareo alguna noche sin tiempo de revisarse por la premura del trabajo, cultivando paces ajenas.

Se sumergió en el torrente sanguíneo, camino de la aorta para alcanzar el corazón desde donde adivinó dónde encontrar los 21 gramos que pesaba el alma encerrada en mi carne.

Salió sistolizada hacía ellos.

Voló por arterias cada vez más angostas donde poblaban exóticos corpúsculos que se limitaban a caminar, Un día después, el fragmento aterrizó en mi alma.

La vio acurrucada, su oración había sido escuchada la piedra era algo inusitado en su celda.

La rozó con sus dedos, y esta empezó a girar a atraer toda la ceniza que pululaba mi ser y que había esparcido el discurso lacerante de mi propia carne, y la fue fagotizando sin miramiento, me sentí enfermo.

El material radioactivo de mis desasosiegos se había ido apilando en contenedores temporales, por los acontecimientos, era guiado hasta la piedra negra que enseguida lo reducía.

No tenía ganas de salir, quedaba postrado durante horas y no articulaba palabra, ni siquiera a los compañeros

En el quehacer de sus paces, repararon en la quimioterapia interna.

Pronto el mineral hubo terminado con los fragmentos más pequeños y la tarea se hizo más ardua con la piedra volcánica incrustada, en lugares remotos como la tiroides y el hígado.

Tenía 40 años, una noche empecé a oír voces, el alma en su encierro me habló, la carne no podía callarla, aterrorizada sin sus paces.

Decidimos sobrevivir sin paces, comiendo nuestro amor. Eramos glotones, así que redoblamos dedicación.

Un esbozo de sonrisa, alusión a nuestros recuerdos, fotos de boda, e ilusiones en nuestro invierno.

Mi mujer dejó de sufrir, volvían las etéreas formas a mezclarse extracuerpos en sueños, empezamos a ser escarpines de las almas en manos de sus deseos que fuimos oyendo como balbuceos intensos.

Cambiamos cosas importantes, apostando por nuestras voces internas, y nos arropábamos de la intemperie, con nuestra sinceridad más sentida.

Los agravios de los demás, se nos  quedaban a veces prendidos en la salud, la carne de otros era fuerte, comprendimos que tarde o temprano algo malo pasaría.

A veces la carne ensoñaba sus viejos hábitos de exfumador y pensaba en escapar para completar la “gran obra”.

Vivimos intensamente sin paz, con la carne volviéndose jarapa, pequeña, defenestrada, mientras el alma brotando con fuerza se erguía sobre el hábito y nuestro suicidio.

Pero el monzón remitía.

Me pude alegrar por las carnes de los otros de saber que nos bajaríamos del mundo.

Pude ser consciente de las oraciones mi alma, que trajeron de nuevo el alma de mi mujer a mi lado, para poder escucharlas más allá de la carne y sus huesos.

Los compromisos de las paces, los rompimos cuanto pudimos nos entrenamos en seguir hilos, de las discordias a las paces en peligro de sus dueños a sus carnes y sus albedríos.

Deseo suerte a los herederos de la Tierra, orad con vuestra alma, quizás os traiga esquirlas de turmalina de otras dimensiones: mensajes en botella de almas a tu alma.

No te asustes, saca tus conclusiones.

Las mías, los 21 gramos de tu alma no necesitan miles de paces, la carne está hecha para hacerla jirones, y resucitar la vida en vida, en un pequeño milagro, para aprender a ser alma.

A veces soñé que tuve una hija, la veía sentada en el césped, durante los tiempos de mi dolor, estos son los mensajes que le dejé:

¿Qué te dice la tierra mi niña?

¿Qué te dice el frescor de la hierba, Los árboles y el viento con su arrullo?

¿Me lo traducirás para que lo entienda?

Enséñame a desaprender como hombre A amar las cosas de nuevo.

Dime que cosas ves que yo no veo, háblame en tu idioma extraño que juega a entenderse con el mío.

Vive fuerte a tu manera, Mientras yo me desvanezco para desaparecer cuando ya te haya aprendido.

Y tu aprendas a aprender de otro niño, en su idioma extraño y maravilloso.

La niña de mis sueños, era mi alma, ahora lo sé.

Todos tenemos un puñado de locos internos, y números que se te adhieren para contar tu historia pero que nada saben de ti y de tus circunstancias.

Uno de mis nuevos números, el 40 me trajo la caída de muchas paces, hogueras, fantasmas, un par de quimeras y rencor hacia los unicornios.

Me trajo injurias contra el Brexit, dudas de las grandes gestas, amor por mis horas en los jardines de la Alhambra, su alma infinita y la bondad de las personas.

Me trajo entender que es un matrimonio, que es la comunión de dos almas, de dos cuerpos de noche, mecidos por las vibraciones del universo.

Las grandes dudas nunca me las despejo la carne, un titanic que zarpó del Big Bang hacía un puerto contaminado, primas de riesgo que no evalúan nada cierto, ¿Por qué Andalucía es tan hermosa?

Sigo recuperándome del remordimiento, cómo Borges, pero voy siguiendo voces que escucho mientras escribo y bebo lo que me deja la carne ajada. Si no soy número, ni paces ajenas,

soy hecho de carne y al fondo de luz, paso horas en mí, en mi mujer, desvistiéndome, desvistiéndonos.

Fareros de nuestras almas, para lo que necesiten hacer, y frente a las cosas grandes, que la luz sea bien visible.

Alguien la necesitará, nos decimos los sábados entre los bostezos y noches de brasero.

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