cuentos

El cuadro

Miré desde la terraza a la playa, parecía una paleta de pintor al óleo llena de colores recien extraídos de sus recipientes justo antes de ser mezclados. Al fondo, el mar de Alborán, desafiante, infinito, reflejando la bóveda celeste. Hoy presentaba nubes rotas, que hacían de techado de cañizo para todos nosotros frente al sol extraterrestre. Un cuerpo diplomático de gaviotas iban de zona en zona, explorando, informando, tomando instantáneas de aquí para allá.

Desde el pañuelo blanco con mándala azul bajo la sombrilla en el que ella se tumbaba a tomar el sol, parecían corchetes negros sobre el papel blanco de las nubes, como si fueran a dejar notas al margen de las instantáneas tomadas para escribir la narración posterior de los episodios de la obra.

Seguí un tiempo en la terraza contemplando, había jóvenes yendo y viniendo del agua como si fueran atraídos o repelidos por el compás de las olas, familias reunidas en la arena hablando, jubilados que no se quitaban la máscara aunque estuvieran sentados en sus sillas plegables cuidando de sus nietos y algunos atendiendo llamadas del trabajo o de tareas relacionadas con reparaciones o seguros. Podía imaginar infinitas conversaciones desde el balcón.

Hoy este es su templo pensé. Uno en el que ella yace en su mándala azul, en mitad de una paleta de personas que pintaban sus vidas. Ella veía sus karmas, destino y el tiempo futuro de cada uno de ellos desde ahora hasta colapsar como ríos en un estuario fúnebre. Tenía ese talento sobrenatural del oráculo de Delfos. Tomando un cóctel una noche me dijo que un día se le apareció algo en una zona recóndita de un parque natural. Ella decía que hay puntos en la naturaleza capaces de generar anomalías que ciertas criaturas y fuerzas aprovechan para transitar de un ámbito a otro. Desde que nos conocimos, jamás me había contado nada sobre lo que había visto sobre mí. Tampoco yo le había preguntado. Nunca me gustaron las decisiones tomadas de antemano en las que no o no podía aportar y prefería ir torciendo el alambre conforme lo necesitaba.

Ella en cambio trabajaba sobre acequias y algibes que veía abrir y cerrarse, y en los que la vida era el agua transitando la tierra. Si decidía actuar sobre el curso del agua, tenía que cargar con sus efectos y más de una vez la encontré entre lágrimas y chillando. Ella era a todos los efectos, la única Pandora que yo he conocido. Sabía que esa mañana, ella estaba postrada allí tomando el sol, lo que no tenía claro, era si era por placer, o estaba como las arañas en su tela de araña, esperando a que el hilo de seda, la avisara de que la presa estaba a tiro. Yo la ayudaba a veces a provocar la causa y otras a limpiar los efectos. De repente, los embajadores emplumados chillarón más de lo habitual, un barco se estaba acercando a la costa. Ella se bajó un poco las gafas y sonrió, cogió su mandala como si fuera un mantón que envolviera su cuerpo y se aproximó caminando a la orilla.

El hilo se había tensado. Me pidió que en el balcón a las 11.39 mirará el bolsillo de mi pantalón. Metí la mano y había una nota. Al abrirla, olí su perfume y leí: «Coge tu rifle y apunta con él al centro del mandala que llevaré como un fular. Cuando hayas conseguido controlar la respiración y notes que tus pulsaciones empiezan a bajar, dispara». Maldita sea, pensé. Este cuadro no me va a gustar.

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