#Conformismo

Hay una fuente en la plaza de mi pueblo
regada por siglos de manantial.
Otros cincelaron los cauces, 
la acequia, el aljibe.

Nacida para regar de vida el granito rígido,
eunuco que trae y lleva las favoritas de la corte, 
danzan con sus velos translúcidos
para saciar el ansia de los lacerados viandantes,
fustigados por el dorado flagrum hispano.

El sonido de su contoneo sobre los minerales,
los ropajes y sus pliegues despiertan los sentidos,
abren la boca los que guardan pacientes su turno
y la fuente en ese momento reina,
domestica agua y animales.

La debían coronar, quizás en cuarzo,
por su servicio, por el legado que narra,
por las canciones que la evocan,
por el barro de los cántaros, los búcaros
y las botellas que sirve incansable.

Naturaleza como servicio,
el sueño de un niño primate, 
de un australopithecus roído por las hienas
en el valle del Orce.

Y así hacen cola, 
con sus bocas abiertas, 
de sangre de humano,
de crianza que se amortiza
en haras del sempiterno «más fácil, más lejos»
que aupa a algunos un paso más alto.

Volví un día a la plaza del pueblo,
una noche de verano, quité mi camiseta
de joven despreocupado y atasqué el grifo de roca
con algodón, poliester y costuras en blanco.

Estrangulé la maldita vía 
como un Laoconte condenado,
engullido por la voluntad del hombre 
a hacer servil lo que nació libre.

El agua pronto rebosó por entre grietas de las paredes,
los murmullos en el harén líquido se hacían audibles,
por sitios no acostumbrados las sedas de los trajes,
que las mujeres deslizaron sobre piedra, tierra, madera.

Escapaban, partían a arrullar a las plantas, 
a un gato que empezó a lamer la piedra,
a unas sorprendidas hormigas que celebraron la crecida.

Las mujeres del agua fueron libres, 
para celebrar la vida.

El servicio muerto dio vida a la vida,
y por un momento se oyeron regocijos 
en gargantas no humanas,
habían bailado los duendes del venero
a las criaturas olvidadas.

La tierra fue regada, los sonidos del subsuelo
y su gaznate seco, nuevamente regados.

Sé pobre al menos una vez en tu vida.

Escrito por

Autor de Microcuentos y poemas de metro para gente 3.0 y Los sueños siempre te observan

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